11.1.07

Del ridículo a la desvergüenza (El Decano, 12-1-07)

Me confieso equivocado. Yo era uno de esos panolis que estaba tan ilusionado, prácticamente convencido de que no habría más muertos de ETA. Tres años y pico sin ninguno, y la novedosa declaración de un «alto el fuego permanente» por parte de la banda terrorista, unido a ciertos movimientos en el entorno de la «izquierda abertzale», y al tan manido (pero a mi juicio real) «talante» del actual Gobierno, me habían hecho albergar esperanzas. Se me han derrumbado de un bombazo, y ahora las tengo sepultadas entre toneladas de escombros; enterradas lejos de mi Alcarria, en un país llamado Ecuador.

Me confieso equivocado, y me siento engañado. No es que uno pueda confiar en la palabra de ETA, pero sí creía que el camino que tomó la banda hace nueve meses no tenía vuelta atrás. Y lo hacía por varios factores, que van desde la debilidad de una organización que estaba cada vez más acorralada, hasta el convencimiento personal -y quizá equivocado- de que su base social, la «izquierda abertzale», había comenzado a recapacitar y a abrir nuevas vías de actuación política. Finalmente, reconozco que me dejé llevar por el propio optimismo del presidente del Gobierno, al que esa bomba brutal, y esos dos asesinatos cobardes, dejaron con las vergüenzas al aire, apenas 24 horas después de hacer las declaraciones más inoportunas y objetivamente bisoñas de lo que lleva de mandato.
Tras la bomba de la T4, que tan cerca nos coge a los guadalajareños, la catarata de reacciones ha sido de lo más variopinta. Pero a medida que han pasado los días, tengo el convencimiento de que han cambiado los protagonistas del ridículo político.

Dejaré a un lado el sarcasmo de una Batasuna y una ETA que aseguran que van «mantener» un alto el fuego que es imposible «mantener», porque lo han reventado. Dejaré a un lado también el cinismo de quienes dicen ahora que «no pretendían matar» (un riesgo evidente cuando se colocan 200 kilos de explosivos en un aparcamiento lleno de gente). Porque ETA y Batasuna han demostrado, otra vez, que su palabra es vacua, y que sus comunicados no merecen demasiadas reflexiones.

Pero sí afirmo que, a medida que pasa el tiempo, van cambiando los protagonistas del espanto institucional. Porque si Zapatero hizo el ridículo con ganas (y es cierto), la derecha española no se está quedando corta. El PP también debería reconocer que mintió, o al menos que exageró. Porque llevan meses haciendo demagogia barata, acusando sin pruebas al Gobierno de haber hecho no sé cuántas concesiones; de protagonizar no se qué rendiciones; de estar de rodillas ante ETA, o de haber traicionado a los muertos. Todo era mentira, y a las explosivas pruebas me remito: Ni había rendición, ni concesiones, ni había connivencias. Ni nada de lo que dice el señor Alcaraz, ese peón que mueve el PP, en el tablero de una AVT cada vez menos dedicada a dignificar a las víctimas. Y por la tanto, cada vez menos digna. Y cada vez más dedicada al sectarismo fascistoide.

Así que la bomba de la T4 ha dejado en evidencia la bisoñez de ZP, pero también la maldad de un sector de la derecha, mercenario y carroñero, lleno de odio, antidemocrático, y falaz hasta el extremo.
En este punto del ridículo del PP, me gustaría detenerme en el ámbito, más propio de esta columna, que es la política regional. Porque el PP de Castilla-La Mancha se ha cubierto de «gloria mercenaria» esta semana, al pedir a Barreda (fuera de plazo y de procedimiento, por otra parte) que comparezca en las Cortes Regionales «a dar explicaciones sobre el último atentado de ETA», y a explicar «la postura del Gobierno Regional respecto a las negociaciones que, con los terroristas de ETA, está llevando a cabo el Gobierno de España». ¿Es que a los populares de la región les vale todo?

Creo que a día de hoy es mayoría la gente que prefiere que le gobierne un pardillo bienpensante como Zapatero, o un funambulista político como Rubalcaba; a un malvado mentiroso como Acebes, un salvapatrias como Aznar, un rencoroso como Rajoy, o ese bulto sospechoso que es el señor Zaplana. Porque en el fondo, ¿saben lo que pienso? Que lamentablemente (no es la primera vez) nos dirigimos a unas elecciones generales en las que, más que decidir quién se desea que rija los destinos del país, la gente votará para decir quién no quiere que los rija. Parece lo mismo, pero no es igual. Yo, desde luego, al día de hoy tengo mucho más claro lo segundo que lo primero. l
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LA PISTA DE HIELO.- Este fin de semana se despide de Guadalajara ese icono de la «Navidad joven» que ya es, en nuestra ciudad, la tradicional «pista de hielo» que pone la Caja Provincial en la plaza Mayor. Dicen sus impulsores que por ella han pasado más de 20.000 personas, en mes y medio de funcionamiento. Independientemente de que yo creo que en esta ciudad hay una desmedida afición a inflar los datos de asistencia a eventos, de lo que no me cabe duda es de que la pista atrae a muchos chavales, pone un punto de diversión en la vida escolar de diciembre, aporta un aliciente a las vacaciones, y sobre todo, da una muchísima «vidilla» a la zona baja de la calle Mayor, tan muerta el resto del año a partir de las tres de la tarde.
En este sentido, me gustaría lanzar al aire una idea que me comentaba recientemente mi compañera Concha Balenzategui: Quizá sería todavía más interesante desplazar más abajo la ubicación de la atracción, llevándola hasta una más amplia y moderna plaza de los Caídos [qué espanto de nombre el de esta plaza, aunque puede que gane gracia hablando de patinaje sobre hielo]. Eso estiraría el eje del movimiento ciudadano navideño hacia un centro histórico muy necesitado de iniciativas revitalizadoras. Y de paso, liberaría a la plaza Mayor de la presencia de una instalación que, entre las obras de por aquí, y los derribos y vallas de por allá, se queda raquítica. Animo a los gestores de la Caja a que estudien la propuesta. Y eso sí, también les lanzo una crítica. La hice en tiempos de Ortega, y no me la voy a callar ahora, en la «era Ros»: No me parece de recibo que los clientes de la Caja, por el hecho de serlo, tengan descuento en las entradas a la pista. Esa atracción que paga la Caja está ubicada en un suelo que es de todos. Hay que tenerlo en cuenta, ya que otras atracciones que se instalan en lugares públicos y cobran entrada (como los circos, por ejemplo) pagan al Ayuntamiento por ejercer su actividad. En cualquier caso, quede dicho, el balance es muy positivo.