Siento verdadera debilidad por la entrevista. Como género periodístico, digo. En apariencia, es sencillo: el periodista pregunta, el entrevistado responde, y ya. Pero no. Porque hace falta un verdadero «cóctel de situaciones» para conseguir una buena entrevista. Los periodistas sabemos bien lo difícil que es enfrentarse con la grabadora a alguien del que esperas reflexiones interesantes, y descubrir a los cinco minutos que estamos ante un plomazo.
Así, por un lado están los «entrevistados monosilábicos», que son esos a los que resulta imposible arrancarles medio pensamiento. Y en el extremo contrario tenemos a los «verborreicos»: Esos que, se pregunte lo que se les pregunte, sueltan una perorata larguísima, que normalmente no contesta a lo planteado. Finalmente, hay veces en la que los planetas se alinean, y juntan un periodista atinado, a un cuestionario certero, y a un entrevistado que «entra al trapo». Entonces la entrevista se agranda; hay miga, tiene chicha.
El pasado 18 de diciembre me leí, con la boca abierta -y todavía no la he cerrado- una de estas buenas entrevistas; buenas de verdad. Se la hizo Elena Clemente, de «Guadalajara Dosmil», al señor obispo de la Diócesis, José Sánchez.
La charla estaba plagada de cuestiones espinosas, algunas muy interesantes para valorar. Pero permítanme que ahora escoja sólo una pequeña parte del texto. Preguntaba la redactora: «En una entrevista al diario ‘El Mundo’ , usted afirmó que ‘en la Iglesia, normalmente, nos cuidamos mucho de que en los seminarios no prospere el homosexual...’» Y respondía don José: «Claro, hombre, claro. Tenemos formadores, y nadie entra sin que se le haga un serio interrogatorio sobre cuáles son sus intenciones, a qué viene y cómo piensa vivir. Hay que hacer un discernimiento, para eso está el rector, los formadores, el padre espiritual, que acompañan a los alumnos durante toda su formación. Y si se ve que hay una tendencia de este tipo, hay que pensárselo muy bien. Como usted comprenderá, si ahora está toda la cuestión de la pederastia… para evitar todo ese atropello y ese crimen de abuso de menores».
En román paladino: Que el obispo asegura que en el Seminario de Sigüenza (e imagino que en todos), la Iglesia tiene una especie de «personal especializado» en la detección de maricones, mariconadas o tendencias mariconizantes. Y la razón última de que sea tan necesaria tamaña «especialización mariconil» es que, si estas cosas «no se cogen a tiempo», como los tumores malos, resulta que luego puede haber curas mariquitas que abusen de los niños. ¿Han entendido ustedes, más o menos, lo mismo que yo? Porque uno, lo jura, no da crédito a lo leído.
Conste que a mí me importa tres cominos lo que hagan en el Seminario los formadores, los padres espirituales, los aspirantes a cura, o el mismísimo Doncel que se levantara de su tumba, calzando plataformones, y cantando el I will survive. Pero lo que sí me preocupa, de veras, es que quien es el líder espiritual de una inmensa cantidad de gente en esta provincia; quien es querido y admirado por miles de personas; quien tiene una bien ganada reputación de hombre caritativo y bueno, tenga a estas alturas un concepto de la homosexualidad tan retorcido, tan sucio, tan lleno de prejuicios. Tan lleno de semen, en definitiva.
Quizá es que el obispo ha puesto atención últimamente a las teorías de otro «experto» en la materia, don Aquilino Polaino, ese psicólogo de guardia del PP, que ha estado últimamente paseando su saber por Guadalajara.
Yo creo -lo digo sinceramente y sin acritud-, que al señor obispo le hace falta un buen «reciclaje». Una especie de cursillo acelerado de educación afectivo-sexual. O mejor: unas clasecillas de «educación para la ciudadanía», esa asignatura que tanto miedo les da a los curas, que tanto les preocupa, que tanto denuestan. Porque, a todo esto: Estas opiniones del señor obispo (que, por otra parte, coinciden con las de muchos de sus colegas de la cúpula episcopal), ¿son las que pretenden transmitir desde la Iglesia a los alumnos que acuden a colegios religiosos que se sufragan con dinero público a través de conciertos? Porque eso sí que me parecería terriblemente grave.
Así que pienso que, si el señor Sánchez estudiara un poco de «educación para la ciudadanía», o si tan sólo abriera un poquito los ojos y la mente, entendería rápido (es un hombre cultísimo, no puede ser tan cerrado) que la homosexualidad no es un defecto, ni una desviación; ni siquiera una «opción» sexual. Que la homosexualidad, señor obispo, es una condición más de la persona. Y que raramente se «elige». Y que si lo que quiere don José es evitar los indeseables casos de pederastia que alguna vez han aparecido en el entorno de la Iglesia, en lugar de «cazar mariconadas», al obispo le bastaría con vigilar, censurar, y sobre todo, con denunciar. Porque, a todo esto: ¿sabe don José que hay pederastas tan heterosexuales como él? Y por cierto: ¿Qué sentido tiene vigilar la condición sexual de unas personas que, en teoría, tienen un voto de castidad que les coarta ejercerla? Yo es que me hago, con perdón, muchas cruces.
Decía que hay que apuntar a «educación para la ciudadanía» al señor obispo, y a un montón de curas. Eso sí: de compañeros de pupitre pondría a la caterva de desalmados vándalos que el otro día quemaron el Belén de San Ginés. Las clases podrían empezar así: Primera lección; lectura de la tolerancia según Antonio Machado: «Es propio de hombres con cabezas medianas embestir contra aquello que no les cabe en la cabeza». Segunda lección; lectura de la tolerancia según Goethe: «Contra la estupidez, hasta los dioses luchan en vano». Pues eso. l
28.12.06
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